miércoles, 16 de diciembre de 2020

El espanto de San Sebastián


Hace algunos años conocí a don Tomás. Un señor con poco menos de 50 años que se enojó conmigo cuando le pregunté si vendía shucos. "Hot-dogs vendo" me dijo. Pero ya después de algunos años de ser su cliente nos hicimos amigos. El vendía shucos frente a la iglesia de La Recolección y se hizo tradición para mí cenar en aquel lugar cada viernes a eso de las seis de la tarde. Junto a él había una venta de tacos que seguramente ya conocerán muchos aquí. Pues aquel señor se hizo mi amigo y una de esas noches mientras cenaba en el lugar me contó lo que les voy a contar a continuación.

Volvía don Tomás ya tarde a su casa un viernes en la noche, que era el día que más ventas tenía. Los viernes la gente anda buscando comida rápida en las calles y a don Tomás le iba bastante bien esos días. Así que hubo algunos en los que incluso le dio la media noche haciendo sus deliciosos hot-dogs. Pues aquel viernes a don Tomás le dio la una de la mañana recogiendo sus cosas y luego comenzó a empujar su carrera por toda la tercera calle. Calle que pasa junto a la Parroquia de San Sebastián. Allí iba don Tomás haciendo bulla con su carrera de shucos por las oscuras y silenciosas calles de la zona 1. Él vivía cerca del Cerrito del Carmen, casi llegando a Candelaria y todos los días hacia ese recorrido empujando su carreta. Pues llegando estaba ya a la sexta avenida cuando los pasos de una mujer con tacones resonaron por el lugar. No era de extrañarse aquello. Por el sector es bien sabido que rondan las trabajadoras de la noche. Pero lo extraño es que al llegar a la sexta no vio a nadie asomando desde el parque central ni desde el parque Morazán. Pero los tacones se seguían escuchando y se acercaban cada vez más hacia donde él se encontraba. Las piernas le comenzaron a pesar pero no le dio tiempo al susto para que lo dejara paralizado y sin ningún carro en las cercanías comenzó a empujar su carrera a toda prisa y sin voltear a ver a ningún parte. Pero al llegar a la altura de la séptima avenida en la esquina del famoso laboclip, volvió a escuchar el sonido de los tacones que se acercaban a él, pero esta vez de frente y sin pensarlo detuvo el recorrido de la carreta porque logró ver una figura asomándose y escondiéndose cuando él se acercaba a esa esquina.

Lo pensó mejor. No quería seguir porque algo lo estaba esperando escondido en esa esquina y no pensaba tampoco dejar su carreta tirada para salir huyendo. Podrían ser ladrones, pero ¿Ladrones con tacones? Era poco probable. Dio la vuelta y comenzó a bajar buscando el frente de la iglesia de San Sebastián. Su carreta iba de vuelta otra vez rompiendo el silencio de las calles vacías y color ámbar de la zona 1. Dobló en la sexta avenida y se quedó parado frente a la parroquia esperando a escuchar algún sonido. Era muy creyente don Tomás porque allí se sintió a salvo a pesar de todo, pero, después de unos segundos en silencio volvió de nuevo a escuchar los tacones acercándose y algunos murmullos indescifrables. Se pegó bien a la pared que rodea el parque, y volteaba a ver constantemente hacia ambas direcciones. No lograba distinguir de donde era que venían, pero estaban cada vez más cerca y no se veía nada. Solamente se escuchaban los pasos de aquella mujer. El miedo lo invadió, se protegió detrás de su carreta vacía y escuchó como frente a él pasó algo o alguien en tacones, caminando despreocupadamente e incluso lanzando una risita burlona al pasar frente a él y su carreta. Jura don Tomás que incluso se detuvo unos segundos. Y luego prosiguió con su camino, burlándose de él, que aterrado se "protegía" de lo que fuera detrás de su carrera. Luego de unos minutos, don Tomás comenzó de nuevo con su camino. El ruido de la carreta volvió a invadir aquellas calles y esta vez no se detuvo hasta llegar a su hogar. Don Tomás no sabe qué fue lo que aquella noche lo acechó en aquellas calles, ni lo que se burló de él al verlo aterrado. Pero él cree que simplemente existen espantos que disfrutan de asustar a la gente que se aventura por las calles solitarias a altas horas de la noche. Y aquella cosa solo quería asustarlo y lo logró. Don Tomás no volvió a caminar por allí después de las diez, hora en que ya es bastante tarde. Pero no tanto como aquella madrugada en la que tuvo frente a él, a lo desconocido.

Fin.

Debajo de aquellas tarimas

 


Yo me dedico a la compra y venta de tarimas de madera...

Así comenzó su relato José Luis. Comerciante que tiene su negocio al final de la Avenida Petapa. Desde hace muchos años él y su padre se dedican a eso, a comprar y vender tarimas usadas por mayor y menor. Eso les ha dado de comer desde que él  tiene memoria y ahora incluso su hijos, aunque ya en la universidad, entienden y ayudan con el negocio. Pues el sábado 14 de noviembre (no olvidarán la fecha fácilmente) llegó un pequeño camioncito lleno de tarimas en excelente estado que, quienes en él iban, pretendían vender. Al nomás verlas don José Luis supo que iban a querer más de lo que él da por tarima. Pero para su sorpresa prácticamente querían regalarlas. No tenían en donde tenerlas y con qué les diera para las aguas se conformaban. Eran tarimas de madera, sin ningún defecto, sin ninguna mancha, ni quebradura ni nada. ¿Quién iba a pesar mal? Las recibieron, las colocaron en donde tenían espacio y dejaron algunas afuera como exhibición. Pagaron y listo. Tenían más existencia y realmente eran muy buenas tarimas, pero esa misma noche comenzó todo. Don José Luis y su familia viven en esa misma casa. Únicamente que al fondo. Estaba lloviendo (como ha estado todo este noviembre) y para que no se arruinaran no dejaron ninguna tarima afuera. Pero ese lote les había quitado todo el espacio en la bodega de su negocio, así que se llevaron cinco para la sala de su casa. Cosa que no es para nada extraña. Se hace cada vez que la bodega está llena y llueve. Y pues allí se quedaron. Hasta que llegó la hora de dormir y un extraño sonido los despertó a todos. Era el sonido de uñas rascando la madera. Tienen un perro y en lo que pensaron primero fue en eso. En que el perro las estaba rasguñando. La esposa de don José Luis se levantó y fue a ver. Pero el perro estaba durmiendo en su cama en la puerta del cuarto de ellos y los rasguños se seguían escuchando. Caminó hacia la sala y le pareció extraño que el perrito no la siguiera. Pero llovía y pensó que tenía frío. Encendió la luz de la sala y los sonidos dejaron de escucharse, pero ella vio claramente como algo se metió debajo de las tarimas. Ratas pensó, de inmediato, por lo rápido que aquello se escondió debajo. Llamó a su esposo y a su hijo mayor quienes las levantaron y no encontraron absolutamente nada. Se acostaron otra vez y de nuevo comenzó el sonido de las garras rasguñando la madera. Sin hacer ruido don José Luis se levantó, esta vez con la linterna de su teléfono pegada a su pecho para iluminar hasta que estuviera frente a las tarimas de donde venía el sonido y sorprender al roedor. Estaban seguros de que era una rata.

Salió de su cuarto sin hacer ruido y solito don José Luis caminó despacio. No encendió la luz de la sala, el sonido se seguía escuchando y algo se movía en la oscuridad. Algo a la altura de la tarima más baja. Sin hacer ningún ruido y lo más lentamente posible iluminó con su linterna y… había alguien entre la tarima. Un hombre que intentaba desesperado salir de debajo de ellas. Las tarimas tienen un espacio entre las tablas superiores y las que sirven como base de unos quince centímetros más o menos. Allí se meten las puntas del montacargas para levantarlas y difícilmente cabría allí un ser humano. Pero allí estaba ese hombre, aplastado por el peso de las tarimas con los ojos desorbitados e intentando salir. Las uñas de una de sus manos eran las que causan aquel sonido. Don José Luis cayó de espaldas y su grito alertó a todos quienes llegaron de inmediato y encendieron la luz. Y entonces desapareció. Frente a los ojos de don José Luis aquel hombre desapareció y el sonido de las uñas también. Le contó a su familia lo que había visto mientras sus hijos levantaban las tarimas. No había nada, ni señal de que hubiera algo antes de levantarlas. Don José Luis estaba notoriamente afectado, tiene diabetes y pensaron incluso en llamar a los bomberos pero él no quiso. Era mejor sacar las tarimas de la sala y deshacerse de ellas al día siguiente. Y así lo hicieron. Pero antes de hacerlo uno de sus hijos propuso volver a intentar apagar la luz con las tarimas entre la sala. Y cada uno desde su cuarto fue testigo de cómo los rasguños volvían a escucharse. Sacaron las tarimas, no solo de su sala, las sacaron de su casa y las dejaron mojándose toda la noche en la calle durmieron poco. La noche fue horrible y el susto no les pasaba. Pero el sonido no volvió. Al menos no esa noche. Porque a veces durante la noche, el sonido de las uñas de aquél hombre rasguñando la madera los despierta. Pero es muy de vez en cuando. Las tarimas las regalaron. Todas las que les llevaron en aquel camión las regalaron. Don José Luis se arrepiente de haberlas aceptado, era demasiado bueno para ser verdad o bueno. Siente que ensució su casa metiendo aquello en ella. Y a veces siente miedo sin razón alguna. Sobre todo cuando recuerda la mirada perdida y desorbitada de aquél hombre debajo de las tarimas que simplemente no podía estar allí. Era imposible. Al menos lo era para un ser humano. Pero todos lo escucharon y él lo vio. Y muy difícilmente logré quitárselo de la cabeza alguna vez.

Fin.

Un zapatazo al diablo


La tradicional Quema del Diablo en Guatemala, se remonta al siglo XVI. Cuando la procesión de la Inmaculada Concepción recorría las calles de la Antigua Guatemala, en donde al carecer de alumbrado público, las familias encendían fogatas frente a sus casas para iluminar el recorrido de la procesión. Dicha tradición sobrevivió con los años y se mudó, junto a los ciudadanos, a la nueva Guatemala de la Asunción después de los terremotos de Santa Marta. Aquí se instaló en los barrios que albergaban a los nuevos habitantes de la nueva ciudad, barrios que al día de hoy, son los que mantienen aún viva la tradición de las fogatas. Pero su significado ha ido cambiando con el paso del tiempo. Ahora ya no se ilumina el paso de la procesión, ahora se quema todo lo viejo que se ha ido acumulando dentro de los hogares guatemaltecos durante el año. Digamos que es una forma de limpiar el hogar de cosas viejas y dejarlo listo para recibir el año nuevo. La tradición se conserva en todo el país, pero es en los barrios viejos de la ciudad en donde se ve aún su práctica. Esos barrios de calles anchas y viejas que se llenan de color y sonido durante el atardecer de cada 7 de diciembre. Y como toda tradición en el país, tiene también sus leyendas y vivencias que los vecinos de diferentes ciudades del país, cuentan como propias o como la de un conocido. Así que hoy, les voy a contar lo que sucedió en uno de esos barrios antiguos y tradicionales de la Ciudad de Guatemala, un 7 de diciembre ya olvidado en los calendarios.

Estaba don Paco y su familia juntando viruta y algunos tablones viejos frente a su casa un 7 de diciembre de esos en los que aún hacía frío en el país. Don Paco y su hermano tenían una muy conocida carpintería en su casa y de eso vivían. Durante el mes de octubre y noviembre juntaban la viruta y las reglas que iban sobrando de los trabajos para hacer la fogata del 7 de diciembre. No tardaba mucho en arder, pero era una de las más grandes de la cuadra. Eso, sumado a los cohetes y volcancitos, hacía que la cuadra entera esperara la fogata de los carpinteros como la más grande y alegre de aquél día. Pues la tarde se pasó entre los preparativos y la compra de cohetes para los patojos. Ya el ambiente navideño inundaba las calles de la ciudad y los foquitos iluminaban la mayoría de las casas por dentro y por fuera. Y llegó la hora. Toda la gente comenzó a sacar sus cosas viejas. Periódicos, ropa, algunos incluso muebles y chiriviscos, los infaltables chiriviscos. Y así, la ciudad comenzó a arder, toda al mismo tiempo.

Pero la fogata de don Paco y su familia ardió menos de lo acostumbrado esa vez. Al principio se elevó casi dos metros e iluminó el rostro sorprendido de los espectadores pero en un par de minutos era solamente algunos tablones ardiendo y humo. No podía ser posible, la fogata más grande de la cuadra estaba fallando. Así que ni lento ni perezoso don Paco y su familia decidieron sacar algunas tablas más y también ir a buscar a un cuartito que tenían refundido en el fondo de su casa, periódicos viejos o alguna cosa que ayudara a avivar el fuego. Fue doña Ana, esposa de don Paco, la que se dirigió a aquel cuartuchito a buscar el periódico "Yo sé cómo tengo allí" dijo y se fue corriendo al fondo de la casa. Mientras tanto don Paco amontonaba lo que sus hijos y sobrinos le llevaban para quemar y la fogata ya había crecido bastante. Aun así doña Ana se abrió paso hasta la oscura esquina en donde una pila de periódicos viejos se acumulaban. "Esos están buenos" se dijo para sí misma y les metió un jalón ayudada por el lazo que los mantenía amarrados y en orden. Pero cuando lo hizo, una pequeña figura saltó buscando ocultarse en alguna otra parte pero no encontró donde. Doña Ana gritó del susto y por instinto se quitó un zapato y se lo lanzó a aquella pequeña figura de unos 50 centímetros de altura. Con tan buena puntería que le dio justo en la cabeza y con el tacón, haciendo que aquel pequeño ser soltara un alarido de dolor y saliera huyendo rumbo a la calle. Allí don Paco y el resto de su familia veían orgullosos la enorme fogata que habían logrado formar con la ayuda de todos. Estaban admirando el danzar del fuego cuando por la puerta principal de su casa, salió un pequeño diablito corriendo. Tenía patas de cabra, era totalmente rojo y con una de sus manos se agarraba la cabeza, justo en donde el tacón de doña Ana le había pegado. Se quedó un par de segundos viendo a la familia y luego vio a don Paco quien solamente alcanzó a decir:

"¿Qué putas?"

Para luego ver como el pequeño demonio saltaba hacia las llamas. En ese momento la altura de aquella fogata alcanzó casi los cinco metros y quiénes no habían visto lo sucedido con el extraño ser, la veían con admiración y temor. Pero en unos cuantos minutos de nuevo aquella fogata quedó reducida a cenizas y a algunos tablones ardiendo discretamente. Don Paco y su familia se acercaron a ver si había quedado algo de aquél pequeño diablito. Pero aunque doña Ana barrio hasta el último poco de ceniza, no encontraron absolutamente nada.

Está de más decir que aquel cuarto lo vaciaron y hasta bendijeron. No encontraron nada más, pero la anécdota quedó, y cada 7 de diciembre en aquel barrio viejo de Ciudad Guatemala, se cuenta como el mismísimo diablo, saltó hacia la fogata de don Paco, huyendo de doña Ana, quien le dio tremendo taconazo en la cabeza.

Fin.

Los extraños sucesos en el cerro El Naranjo

 Repartidores de comida rápida, personas que andan en la calle arriesgando su vida para llevar nuestra comida distintas partes de la ciudad. Personas que también tienen historias de hechos sobrenaturales que pueden contarnos. Y ese es el caso del relato que comparto a continuación

La calle que rodea al cerro El Naranjo y que lleva directamente hacia la zona 4 de Mixco es bastante silenciosa en algunos tramos. Sobre todo en esa parte que queda después del Colegio Sagrado Corazón. Pues aquel domingo ya a eso de las 7 de la noche un repartidor llevaba su orden a una dirección entre las zonas 4 y 5 de Mixco. Estaba bastante acostumbrado a recorrer aquel camino, pero aquella noche había mucha neblina en el trayecto y el frío calaba los huesos. En ese tramo silencioso aceleró un poco su motocicleta porque, al recorrer la oscuridad del sector, sintió inexplicablemente "algo feo" en el cuerpo. La noche impone en ese lugar, de un lado la enorme sombra del cerro parece vigilante y del otro, el barranco. Pues al llegar a la parte en que hay una especie de mirador a mano derecha, distinguió que, entre la neblina que iba atravesando, había gente a la orilla de la calle. Parecía que estaban viendo algo, era una especie de tumulto de los que se hacen cuando hay un accidente, pero apenas lograba distinguir entre la oscuridad. Bajó la velocidad para evitar chocar o causar algún accidente, pero seguía ese sentimiento de que algo andaba mal. Estaba oscuro y entre la neblina se veían formas humanas. No paró, solo bajó la velocidad, pero siguió avanzando. La luz de la moto aún iluminaba la carretera, pero conforme fue avanzando la niebla se hizo tan espesa que poco o nada servía que aquella luz estuviera en la máxima potencia. Tuvo que parar, no veía para atrás ni para adelante. Era demasiada neblina y la oscuridad de la noche ayudó a que su única opción fuera detenerse. Y así lo hizo, se detuvo pero no apagó la moto. El motor seguía en marcha y estaba listo para acelerar en caso de tener que hacerlo. Se quitó el casco, el frío intenso de aquella noche inundó sus pulmones y congeló su nariz. Todo estaba en completo silencio, solamente el canto de los insectos y de los animales nocturnos entre el monte se lograba escuchar. Volteó hacia todas partes, nada. Nada de las siluetas que había visto, nada de señales de vida humana, nada de movimiento y claro, nada de carretera, estrellas o cualquier luz que le indicara por donde iba. Era como si la neblina se lo hubiera tragado todo. Avanzó lentamente con su moto, pero era demasiado peligroso. No veía ni a un solo metro de distancia. Iluminaba con la luz de la moto, con la luz de su teléfono y trataba de tocar algo con las manos que le indicara que seguía en el camino correcto, pero nada. Y entonces lo escuchó.

Era una especie de canto. El sonido de algunos tambores y el sonido de una voz cantando en un idioma que no entendía. Era la voz de un hombre cantando acompañado del sonido de algo siendo golpeado. Un tambor, pensó él, pero no estaba seguro. Se escuchaba a lo lejos, pero poco a poco se fue acercando a él. Aquel canto y aquellos sonidos se iban haciendo más claros y parecían rodear al repartidor con su motocicleta aún encendida. El sonido venía de todas partes y de ninguna parte. Detrás, adelante, arriba e incluso abajo. El idioma era incomprensible, pero llegó el momento en que se vio completamente rodeado de él. Entre la neblina veía sombras, escuchaba aquella voz, aquel canto que de pronto tuvo frente a su nariz y que lo hizo retroceder. Pero al hacerlo lo escuchó detrás. Estaba rodeado, y entonces todo fue demasiado abrumador. El canto estaba tan cerca que parecía tenerlo dentro de su propia cabeza. Quería huir de allí, quería gritar y salir corriendo. Y casi lo hace, pero de la nada el sonido de otra moto y la voz del hombre que la conducía diciéndole "acelerá mano, vámonos" lo hizo salir de aquella especie de transe y seguir con la vista la luz trasera de la moto que lo había despertado, por así llamarlo.

Unos cuantos metros adelante la neblina se disipó un poco y las luces lejanas de algunas colonias se comenzaron a ver. El frío seguía intenso, pero al fin veía el camino. Más adelante pararon en una gasolinera. El motorista que le había hablado le hizo señas para que parara junto a él y entonces le contó:

A él también le había pasado eso. Algunas noches baja del cerro El Naranjo una neblina espesa. Esa neblina se queda algunas veces en las faldas del cerro, pero otras veces se instala en la carretera. Nadie sabe que es, nadie sabe de quién es aquella voz y aquel canto. Pero, según el motorista que ayudó al repartidor, todo tenía que ver con que el sector es sagrado y como cada vez hay más casas y carreteras, lo sobrenatural inevitablemente choca con la vida cotidiana. Y a veces, quien menos lo imagina vive esas cosas. En las dos ocasiones en las que a él le había sucedido únicamente siguió adelante hasta salir de la niebla. Nada lo dañó, pero tampoco se quedó a averiguar qué pasaba. Y esa noche al ir pasando por allí, escuchó el canto y el sonido de los tambores. Pero también vio la luz trasera de la moto y lo único que se le ocurrió fue decirle que salieran de allí. Y realmente eso salvó, tal vez, hasta la vida de aquél repartidor.

Muchas historias se cuentan del cerro El Naranjo y sus alrededores. Muchas historias hay de repartidores que ven cosas extrañas en aquel sector en el que mucha gente que me le, vive. El enorme cerro El Naranjo tiene en el muchas leyendas e historias y está es una de tantas. En la que un repartidor de comida rápida, se topó casualmente y sin desearlo, con lo sobrenatural.

Fin.

Aun después de la muerte.


Muchos años los atormentó con sus adicciones. Era drogadicto y alcohólico. Pero las drogas lo ponían más bien festivo, el  problema era cuando bebía y llegaba a casa violento, insultando y golpeando todo. Luego, un día, después de muchos años murió y todos creyeron que la pesadilla había terminado. Pero... 

Su muerte fue violenta. El alcohol le ocasionó problemas en su casa, pero también en la calle y muchos decían que en algún problema se había metido aquella tarde que volvía corriendo a su casa debajo de la lluvia. Llovía tan fuerte que nadie escuchó sus gritos de auxilio y lo encontraron hasta después con doce disparos en el cuerpo.  Allí se terminó ¨el tico¨ cómo era conocido en aquel sector de la zona tres. Y allí pensó su familia que terminaría el maltrato que los hacia vivir con sus adicciones. Pero no fue así. Y aquí el relato de lo que pasó.

Siempre volvía a eso de las once de la noche. El golpe en la puerta anunciaba a toda su familia y vecinos que la noche sería larga y que escucharían sus gritos e insultos hasta que se quedara dormido o alguien llamara a la policía. La policía ya lo conocía muy bien. Siempre los llamaban para reportar que estaba gritando insultos a su familia o a quien desafortunadamente se cruzara en su camino cuando salía a la calle a seguir con su espectáculo. Lo llevaron preso varias veces, pero siempre salía directo a rehabilitación y después de algunos meses alguien volvía a llamar a la policía. Incluso su madre lo metió varias veces a la cárcel porque intentaba golpearla o le robaba cosas para venderlas y así conseguir dinero para sus adicciones. Así era la vida de aquel personaje bastante conocido en el sector y que terminó una lluviosa tarde de octubre. Nadie más que algunos familiares asistió al funeral y todo el mundo decía lo tranquila que sería la vida de aquella familia desde ese día. Lo enterraron y volvieron a su casa. Nadie estaba triste, era alivio lo que sentían. El tico era una persona desagradable que en realidad nadie iba a extrañar. Ni siquiera sus dos hijos de trece y catorce años.

Luego del entierro pasaron algunos días en total paz. Incluso la que fuera su esposa y desde su muerte su viuda, consiguió un trabajo y su futuro era al fin prometedor. Una muerte que no hizo llorar a nadie. Pero una noche, después de varias en total tranquilidad y mientras todos dormían, se escuchó el característico golpe de la puerta cerrándose violentamente. El sonido que solamente se escucha con tal fuerza y violencia, cuando aquella persona volvía hecha un monstruo las noches en las que bebía. Era imposible. Todos habían estado en su entierro y lo imaginaban pudriéndose bajo tierra, no entrando en su casa como cada noche infernal que los hizo pasar. Doña Juana, su viuda, corrió hasta la cama de sus hijos quienes ya estaban despiertos y de pie intentando ver a través de la cortina de su cuarto. Ella corrió hasta allí para protegerlos como instintivamente hacía cuando estaba vivo. No tenía sentido aquello pero tampoco iría a averiguar de qué se trataba. Doña Irma, la madre de aquel personaje encendió la luz de su cuarto y abrió su puerta, esta quedaba frente al pasillo por donde, fuera quien fuera el que había golpeado la puerta al entrar, debía asomar.

¿Quién anda allí?

Preguntó y no obtuvo respuesta, pero el olor a alcohol y el sonido de pasos acercándose la hicieron retroceder hacia el interior de su cuarto. Doña Juana escuchó la voz de doña Irma y se animó a gritarle desde su cuarto:

-¿Quién es Doña Irma?

-Quédense en su cuarto mamita. No vayan a salir

El silencio de aquella casa fue roto por un quejido largo y desgarrador. Luego algunos pasos más en dirección a los cuartos y de nuevo otro quejido aún más desgarrador y aterrador. Era imposible aquello, pero lo estaban viviendo. El olor a alcohol llegaba hasta donde estaban y el sonido de pasos arrastrándose sobre tierra hacía que las cuatro personas en aquella casa temblaran de terror.

-Maa... ma a yuu de meee

Lo habían escuchado los cuatro. Era él sin duda alguna, estaba allí. A pesar de los doce disparos, a pesar del velorio y a pesar del entierro, estaba allí y seguía fastidiando su vida. Después de aquellas palabras la casa de inundo de una pestilencia que era la mezcla del olor a alcohol, su inconfundible perfume y olor a muerto. Los dos niños lloraban, doña Juana estaba aterrada y furiosa y doña Irma rezaba pidiendo ayuda al cielo ante aquella aparición que según el sonido de sus pasos, estaba cada vez más cerca de los cuartos.

-¿En qué querés que te ayude? Vos ya no sos de aquí. Lárgate ya a descansar mijo. Aquí nadie te extraña ya nos hiciste sufrir demasiado en vida. Déjanos en paz.

El sonido de los pasos se detuvo, unos cuantos segundos de silencio reinaron en la casa hasta que un horrible quejido mezcla de dolor y tristeza salieron desde la oscuridad de aquel pasillo y llenaron toda la casa. El frío del terror nunca antes vivido los hizo temblar a todos casi toda la noche. Nadie durmió y nadie salió de su cuarto hasta que los primeros rayos del sol entraron e iluminaron todo. Los niños se quedaron encerrados y doña Juana junto a doña Irma fueron a revisar la entrada de su casa. La puerta estaba cerrada, pero, por dentro, manchas de barro hechas claramente por manos la recorrían de arriba a abajo. Y al medio del pasillo, dos zapatos llenos de barro se habían quedado colocados uno frente a otro. Los reconocieron de inmediato. Eran los zapatos con los que lo habían enterrado. Los mejores que tenía y los que era imposible que estuvieran allí. Limpiaron, lo metieron todo en una bolsa negra y lo tiraron a la basura.

Esa misma tarde visitaron la tumba. Estaba intacta. No había forma de que todo lo que habían vivido fuese real. Pero lo habían escuchado, habían sentido su pestilencia y ellas mismas tiraron aquellos zapatos. Nunca supieron que pasó y nunca volvió a molestarlas desde aquella noche. Aunque no volvieron a estar en paz en aquella casa. Así que un par de años después, los cuatro se mudaron.

La historia es 100% real según quien me la contó y quien también la vivió junto a su mamá, su hermano y su abuelita. Nunca, dice antes de terminar, olvidará lo que sintió aquella larga y aterradora noche.

Fin.

Noches de luna llena

Mientras el pueblo se preparaba para dormir...